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Pérdida, pena y duelo (PDQ®)     
Actualizado: 06/06/2008
Versión Profesional De Salud
Descripción

Con frecuencia, los trabajadores sanitarios tendrán que sentir y enfrentarse a la pena en el transcurso de su vida personal o profesional.[1] El período de transición que comprende desde la etapa final de lo que es la experiencia del cáncer, hasta la muerte de una persona querida, es asimilado de manera diferente por diversas personas o grupos. Incluso se puede encontrar que la experiencia del cáncer, a pesar de ser dolorosa y difícil, ha ayudado muchas veces a un desarrollo personal significativo. Tratar de lidiar con la expectativa de una muerte en la familia no es un proceso fácil y no se puede tratar de una manera simplista. La manera en que una persona enfrenta el sufrimiento depende de la personalidad del individuo y de la relación que tuvo con la persona que murió. También es relevante, la experiencia del cáncer en sí, la manera en que se desarrolló la enfermedad, las creencias religiosas y culturales, la historia psiquiátrica, el apoyo disponible así como el estado socioeconómico, en la manera en que una persona es afectada durante el proceso de sufrimiento.

Es muy importante tener en claro el significado de los siguientes términos: duelo, pena y luto. Estos términos a veces se usan de manera intercambiable y, frecuentemente, con diferentes intenciones.[2]

Pena: es el proceso normal de reacción interna y externa a la percepción de la pérdida.[3] Las reacciones de pena se pueden ver en las respuestas a pérdidas físicas o tangibles (por ejemplo, una muerte) o a pérdidas simbólicas o psicosociales (por ejemplo, un divorcio o la pérdida de un trabajo). Cada tipo de pérdida implica experimentar algún tipo de privación. Durante el proceso por el que atraviesa una familia enfrentada al cáncer, se experimentan muchas pérdidas y cada una genera su propia reacción. Las reacciones de pena pueden ser psicológicas, físicas, sociales o emocionales. Las reacciones psicológicas pueden incluir rabia, culpa, ansiedad y tristeza. Las reacciones físicas incluyen dificultad al dormir, cambio en el apetito, quejas somáticas o enfermedades. Las reacciones de tipo social incluyen los sentimientos experimentados al tener que cuidar de otros en la familia, el deseo de ver o no a determinados amigos o familiares, o el deseo de regresar al trabajo. Al igual que con el duelo, los procesos de pena dependen de la naturaleza de relación con la persona que se pierde, la situación que rodea la pérdida y el vínculo con la persona. Un autor [4] notó cinco características de la pena:

  1. Dificultad somática.
  2. Preocupación con la imagen de la persona muerta.
  3. Culpa.
  4. Reacciones hostiles.
  5. Pérdida de los patrones de conducta normal.

Luto: es el proceso mediante el cual las personas se adaptan a una pérdida. Las diferentes costumbres culturales, rituales o reglas para enfrentar la pérdida que se respetan y son influenciadas por la sociedad a la cual se pertenece también forman parte del luto.

Duelo: es el período posterior a una pérdida y en el que se experimenta pena y ocurre el luto. El tiempo dedicado a un período de duelo depende de la intensidad del vínculo con la persona que murió y de cuánto tiempo se tuvo para anticipar la pérdida.

El proceso de la pena incluye tres tareas necesarias para una persona en período de duelo.[5] Estas tareas incluyen el liberarse de los lazos con la persona fallecida, reajustarse al ambiente en donde la persona fallecida ya no está y formar nuevas relaciones. El liberarse de los lazos con la persona fallecida, reajustarse al ambiente del cual está ausente la persona que murió y la formación de nuevas relaciones. Para emanciparse de la persona que murió, la persona debe modificar la energía emocional que dedicó a la persona que perdió. Esto no quiere decir que la persona muerta no fue amada o se ha olvidado, significa que el doliente es ahora capaz de dirigirse a otros en busca de satisfacción emocional. Durante el proceso de reajuste, el doliente tendrá que modificar sus roles, funciones, identidad y habilidades para ajustarse a un mundo donde el fallecido ya no está. Al modificar la energía emocional, el doliente dedica la energía que una vez dedicó a la persona fallecida a otras personas o actividades.

Debido a que estas tareas actividades requieren mucho esfuerzo, es común ver que los dolientes experimentan una fatiga abrumadora. La experiencia de la pena no ocurre solamente por la persona que falleció sino, también, por los deseos insatisfechos, los planes y las fantasías que se tenían ya sea con respecto a la persona desaparecida o con respecto a la relación entre ambos. La muerte despierta con frecuencia emociones relacionadas con pérdidas o separaciones pasadas. Un autor [6] describe tres fases del proceso de luto:

  1. Urgencia por recuperar a la persona perdida.
  2. Desorganización y desesperación.
  3. Reorganización.

Estas fases surgen de la teoría del apego en la conducta humana, que postula que las personas necesitan apegarse a otros para mejorar su supervivencia y reducir el riesgo de daño.

Bibliografía

  1. Casarett D, Kutner JS, Abrahm J, et al.: Life after death: a practical approach to grief and bereavement. Ann Intern Med 134 (3): 208-15, 2001.  [PUBMED Abstract]

  2. Rando TA: Grief, Dying and Death: Clinical Interventions for Caregivers. Champaign: Research Press Company, 1984. 

  3. Corr CA, Nabe CM, Corr DM: Death and Dying, Life and Living. 2nd ed. Pacific Grove, Calif: Brooks/Cole Publishing Company, 1997. 

  4. DeSpelder LA, Strickland AL: The Last Dance: Encountering Death and Dying. 2nd ed. Palo Alto, Calif: Mayfield Publishing Company, 1987. 

  5. Lindemann E: Symptomatology and management of acute grief. 1944. Am J Psychiatry 151 (6 Suppl): 155-60, 1994.  [PUBMED Abstract]

  6. Bowlby J: Processes of mourning. Int J Psychoanal 42: 317-40, 1961.