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Evaluación
Evaluación de la anemia
La evaluación de la fatiga es multidimensional en su naturaleza.[1] La
literatura ambigua y la carencia que había de medios específicos para medir la
fatiga han creado dificultades en el establecimiento de pautas de evaluación y
control. La evaluación completa del paciente con fatiga comienza con la
obtención de una historia concienzuda para describir la modalidad de la fatiga
del individuo e identificar todos los factores que contribuyen a su
desarrollo. Los siguientes aspectos deben ser incluidos en la evaluación
inicial:
- La modalidad de la fatiga, incluso su principio, duración e intensidad,
así como los factores que la agravan y alivian.
- Tipo y grado de la enfermedad y de los síntomas y los efectos secundarios
relacionados con el tratamiento.
- La historia clínica del tratamiento.
- Los fármacos actuales.
- La modalidad de reposo, descanso, hábitos de relajación, costumbres y
ritos.
- Ingesta de alimentos y cualquier cambio de apetito o de peso.
- Los efectos de la fatiga en las actividades cotidianas y el estilo de
vida.
- Evaluación psiquiátrica, incluso evaluación de la depresión.
- Reconocimiento físico completo, que incluya el modo de caminar, postura y
variación del movimiento.
- Cumplimiento del tratamiento.
- Desempeño en el trabajo.
- Recursos económicos.
- Otros factores contribuyentes (por ejemplo, anemia, disnea, debilidad muscular).
Debe prestarse atención específica a los factores subyacentes que contribuyen
a la fatiga y pueden ser corregibles. Estos incluyen anemia, depresión,
ansiedad, dolor, deshidratación, deficiencias nutricionales (por ejemplo, proteínas,
calorías, vitaminas), fármacos sedantes (por ejemplo, opioides, benzodiacepinas),
terapias neurotóxicas, infección, fiebre, trastornos del sueño e
inmovilidad.[2,3]
Los criterios propuestos para la fatiga relacionada con el cáncer se enumeran
más adelante. Dichos criterios han sido adoptados para incluirse en la
Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud,
Décima edición, Modificación Clínica (CIE-10-CM).[4] El definir la fatiga relacionada con
el cáncer como un síndrome de diagnóstico tiene algunas ventajas y desventajas
potenciales.[5] Una de las posibles ventajas es que permitiría a los clínicos
documentar la presencia o ausencia de fatiga en un patrón reproducible.
También puede resultar útil para establecer el reembolso apropiado para el
manejo de estos descubrimientos. La desventaja potencial de este enfoque es
que puede disuadir el manejo de la fatiga que no cubre el umbral para el
diagnóstico dentro de la CIE-10. La alternativa para el enfoque basado en el
síndrome, es el enfoque basado en el síntoma. Este enfoque basado en el
síntoma se usa comúnmente para fenómenos como el dolor y la náusea. El
enfoque basado en el síndrome se usa con frecuencia para la depresión. La
utilidad de los criterios de la CIE-10 para la fatiga relacionada con el
cáncer que se mencionan abajo, aún no han sido validados.
Criterio de la CIE-10 para la fatiga relacionada con el cáncer
Los siguientes síntomas han estado presentes cada día o casi todos los días
durante el mismo período de dos semanas en el último mes:
- Fatiga significativa, disminución de la energía o aumento de la necesidad
de descansar, fuera de proporción con cualquier modificación reciente del
grado de actividad; además de cinco o más de los siguientes:
- Quejas de debilidad general, extremidades pesadas.
- Concentración o atención disminuida.
- Disminución de la motivación o del interés en las actividades.
- Insomnio o hipersomnia.
- Sueño que no refresca ni restaura.
- Percepción de que se necesita luchar para superar la inactividad.
- Reactividad emocional marcada (por ejemplo, tristeza, frustración o irritabilidad) al sentimiento de fatiga.
- La dificultad de llevar a cabo tareas cotidianas se le atribuye al
sentimiento de fatiga.
- Percepción de que hay problemas con la memoria a corto plazo.
- La fatiga después del ejercicio extenuante dura varias horas.
- Los síntomas ocasionan una aflicción clínica significativa o un deterioro
en el funcionamiento social, profesional o de otras áreas importantes del
comportamiento.
- Hay signos en la historia clínica, el reconocimiento médico o el resultado
de análisis de que los síntomas surgen como consecuencia del cáncer o de la
terapia contra el cáncer.
- Los síntomas no surgen principalmente como consecuencia de trastornos
psiquiátricos concomitantes como una depresión intensa, trastorno de
somatización, trastorno somatoforme o delirio.
Al igual que en el caso de otros síntomas puramente subjetivos como el dolor,
puede ser necesario alentar al paciente y a otros miembros de la familia a
mencionarle al personal médico los síntomas de fatiga. Debe darse a todos los
pacientes, al comienzo de su tratamiento, información sobre la posibilidad de
que la enfermedad subyacente o los tratamientos le produzcan fatiga, sobre las
opciones para controlarla y sobre la importancia de informar al médico de
estos síntomas.[2] Los pacientes pueden no mencionar su fatiga, a
menos que el médico saque a relucir el tema en la conversación.
Aunque no hay un estándar universalmente aceptado para medir la fatiga, se
ha desarrollado una variedad de instrumentos para evaluarla.[6-14] La fatiga
también se suele evaluar mediante instrumentos multidimensionales de calidad
de vida. Los instrumentos seleccionados para evaluar la fatiga se mencionan a
continuación:
- Breve inventario de la fatiga.[12]
- La evaluación funcional de la anemia por terapia de cáncer.[6]
- Evaluación funcional de la fatiga por terapia de cáncer.[7]
- Escala Piper de autoinforme de la fatiga.[8]
- Escala de fatiga por cáncer de Schwartz.[9]
- Inventario de síntomas de la fatiga.[14]
- El perfil de los estados de ánimo, subescala de fatiga e inercia.[10]
- Escala visual análoga de Lee para la fatiga.[11]
- Escala para la fatiga del cáncer.[13]
Evaluación de la anemia
La evaluación apropiada de la anemia en el paciente de cáncer abarca historia
clínica y reconocimiento médico cuidadosos, evaluación del conteo de sangre
completo y de los índices de glóbulos rojos, y análisis de frotis sanguíneo
periférico. En combinación, la información obtenida de estas investigaciones
suele dar un diagnóstico.
Un método que se usa comúnmente para clasificar la anemia es categorizar la
anemia por el tamaño de los glóbulos rojos medidos por el volumen corpuscular
medio (VCM). Las anemias microcíticas se relacionan
con un VCM de 79 femtolitros o menos e incluyen la anemia por
deficiencia de hierro, la talasemia y la anemia crónica. Las anemias
macrocíticas se asocian con un VCM mayor de 101 femtolitros e incluyen las
anemias relacionadas con la deficiencia de vitamina B12 o de folato, la
mielodisplasia y la enfermedad hepática. La mayoría de las anemias son
normocíticas, lo que significa que el VCM se encuentra dentro de su estado
normal. Esta categoría de anemias incluye la anemia mielotísica (anemia
debida al reemplazo neoplásico de la médula ósea), casi todas las anemia
relacionadas con la quimioterapia, la anemia debida a disfunción renal o
hepática, la anemia hemolítica y la aplásica.[15] Una población mixta de
glóbulos rojos que consista en células microcíticas y macrocíticas
(anisocitosis), sin embargo, puede indicar una etiología combinada, por
ejemplo, pérdida crónica de sangre (microcítica) que da como resultado
reticulocitosis (macrocítica). En esta situación, el VCM puede estar dentro
de su estado normal, pero la amplitud de distribución del tamaño de los
glóbulos rojos estaría elevada.
El análisis del frotis sanguíneo periférico, aunque suele pasarse por alto,
sigue siendo un paso importante en la evaluación de la anemia. Por ejemplo,
las células sanguíneas nucleadas y las de forma de lágrima indican anemia
mielotísica. Los macroovalocitos y neutrófilos hipersegmentados suelen
indicar anemia megaloblástica. Los eritrocitos pequeños en diana y
basofílicos puntiformes se relacionan con la talasemia.
Otros estudios que a veces se requieren para caracterizar la anemia en un
paciente dado incluyen pruebas de las concentraciones de vitamina B12 o folato, de
hierro sérico, de transferrina y de ferritina, la concentración de eritropoyetina,
prueba directa e indirecta de Coombs y examen de aspirado y biopsia de la
médula ósea. En los pacientes de cáncer, la etiología subyacente suele ser
multifactorial.
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